La búsqueda de empleo según Nefi

En los Servicios de Recursos de Empleo SUD (LDS Jobs) te ayudaremos a obtener un empleo remunerado a través de la formación académica y la red de contactos con empresas locales.

Hace algunos años, el presidente de la empresa para la que trabajaba me explicó que la empresa cambiaría de dirección y que muy pronto ya no se necesitarían ni mis servicios ni los de ninguno de los empleados del departamento. Dado que no me dio una fecha definitiva, empecé a considerar la idea de buscar empleo y tenía la esperanza de que algo surgiría. Un mes después fui despedido y se me informó que ya no recibiría ningún sueldo.

A lo largo de mi carrera, varias veces estuve cerca de quedarme sin empleo, pero se me ofrecieron todos los trabajos que tuve desde que era estudiante, así que nunca tuve que buscarlos. Creo que tenía la expectativa de que volvería a suceder lo mismo, pero no fue así. Afortunadamente mi esposa había sido cuidadosa con nuestros ingresos y teníamos suficientes ahorros como para cubrir algunos meses de gastos. También teníamos alimentos almacenados. No necesitaríamos ayuda de nadie, por lo menos no de inmediato.

La experiencia de Nefi

Al pensar en cuanto a buscar un nuevo empleo, se me vino a la mente un pasaje de las Escrituras y un discurso de la conferencia general. El pasaje relata una de las experiencias que Nefi tuvo y que tenía paralelo con mi situación de desempleo (véase 1 Nefi 16:18–32). A Nefi se le rompió el arco y los arcos de sus hermanos perdieron elasticidad, por lo cual se quedaron sin modo de obtener alimentos para su familia. Nefi siguió mostrando humildad ante el Señor, preparó las herramientas que necesitaba para cazar, preguntó a su padre a dónde debía ir para obtener alimento y luego actuó “conforme a las indicaciones dadas” (versículo 30).

Yo quería hacer lo mismo. Sentí que de manera metafórica se me había roto el arco y que si seguía el ejemplo de Nefi, podría volver a mantener a mi familia.

La responsabilidad es nuestra

También recordé un mensaje del obispo Richard C. Edgley, que fue relevado hace poco como primer consejero del Obispado Presidente. Él dijo: “La responsabilidad de buscar empleo o de mejorar su situación laboral es de ustedes. El Señor nos brinda guía constante mediante el ayuno y la oración regulares. Sus líderes de quórum, obispos, especialistas de empleo y personal de los centros de recursos de empleo les ayudarán en sus empeños. Sin embargo, tememos que a menudo los líderes del sacerdocio desconozcan su situación. ¡Hablen! Háganles saber que están buscando empleo” (Richard C. Edgley, “Ésta es su llamada telefónica”, Liahona, mayo de 2009, pág. 55).

Siga un plan

Tomé la determinación de que al igual que Nefi, primero prepararía mis herramientas. Me inscribí en un taller de autosuficiencia laboral del centro de empleo SUD, puse al día mi currículum vitae y asistí a reuniones de red de contactos profesionales auspiciadas por dicho centro en mi localidad. Me inscribí en LDSjobs.org y en un sitio web de red de contactos profesionales. Mi padre me dio una bendición del sacerdocio que me brindó orientación en cuanto a dónde debía buscar trabajo y la forma de hacerlo. La búsqueda de empleo se convirtió en una tarea de tiempo completo.

Con la determinación de actuar “conforme a las indicaciones dadas” (1 Nefi 16:30), aproveché cada oportunidad de seguir las instrucciones que recibí del personal del centro de empleo SUD. Elaboré y ensayé mi declaración “Yo en 30 segundos”, la cual es un resumen de mis estudios académicos, mi carrera profesional y mis aptitudes laborales. Redacté y memoricé mis “declaraciones positivas”, que son descripciones breves y positivas de mis logros laborales. Preparé una lista de personas a quienes podía llamar y les llamé. Pedí entrevistas informativas con toda persona que me permitió hacerlo. Envié notas de agradecimiento. Pasé más tiempo en el templo. Ayuné y oré.

¡Hablen!

También seguí el consejo del obispo Edgley de hablar. Con el permiso del obispo, durante la apertura del sacerdocio le dije brevemente a los hermanos que no tenía empleo y describí el tipo de trabajo que estaba buscando. Con el debido permiso, hice los arreglos para enviar un mensaje al barrio mediante la red de correo electrónico de la Sociedad de Socorro. Conversé con parientes y amigos por teléfono, por correo electrónico y en persona, les expliqué que estaba buscando empleo y les pregunté: “¿Conoces a alguien con quien debería ponerme en contacto?”.

La trascendencia de plantear esa pregunta a todos mis conocidos fue obvia cuando sentí la impresión de conversar con un ex compañero de trabajo. Él ya sabía que yo estaba buscando empleo y en esa ocasión fui a devolver equipo de la empresa que yo todavía tenía en casa. Él conocía mis aptitudes, ya que habíamos trabajado en estrecha colaboración durante tres años. A pesar de todas esas razones por la cual sería innecesario pedirle ayuda, le pregunté: “Conoces a alguien con quien debería ponerme en contacto?”.

Se le iluminó el rostro y me dijo: “El domingo pasado, el hermano Jones hizo el anuncio en la reunión del sacerdocio de que se abrirían 20 nuevos puestos en su departamento el próximo mes”. Mi amigo llamó a casa para averiguar el número del hermano Jones, mientras yo esperaba. Llamé más tarde y conseguí una entrevista. Me sorprendí al darme cuenta de que las personas que sabían que estaba buscando trabajo no pensaban automáticamente en comunicarse conmigo si yo no traía el tema a colación.

Sus promesas son ciertas

Seis semanas después de mi despido, una empresa me ofreció un puesto. El mismo estaba acorde con mis aptitudes e intereses, y me ofrecía un salario que satisfacía las necesidades de mi familia. Resultó ser que entre mi red de contactos había varios que conocían a los dueños de esa empresa y quienes dieron referencias mías, además de uno de mis parientes que me recomendó por medio de la esposa del dueño. Realmente fui conducido a una forma en la que pudiera mantener a mi familia.

Cerca de un año después, se me llamó como especialista de empleo de barrio. Al prepararme para mi nuevo llamamiento, volvía a leer el mensaje del obispo Edgley. En esa ocasión, me llamó la atención lo que relató en cuanto a un barrio que ayudó a establecer un taller de reparación de automóviles para un hermano que estaba desempleado. Luego me di cuenta de que la empresa para la que ahora trabajo había comprado ese taller a la familia del hermano cuando éste falleció.

Mi búsqueda de empleo implicaba trabajo arduo. No fue fácil llamar por teléfono ni hablar con la gente. No fue fácil abrir la boca una y otra vez. Sin embargo, me tomé muy en serio las instrucciones que recibí del personal del centro de empleo SUD, como si fueran mandamientos del Señor, y me esforcé por seguirlas. Recibí la bendición del milagro de una oferta de empleo, la cual fue el resultado prometido por el personal del centro.

Sé que tenemos a un Padre Celestial que nos ama y desea que seamos felices. Sé que si seguimos los patrones que Él nos ha dado, podremos mantener a nuestra familia y servirle a Él, que dijo: “Estoy obligado cuando hacéis lo que os digo” (D. y C. 82:10). Sus promesas son ciertas.

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